Cranford
Cranford En aquel momento se abrió la puerta de par en par; Carlo se levantó de un salto profiriendo un agudo ladrido y la señora Jamieson se despertó; o tal vez no estaba dormida, como se apresuró a decir: la habitación estaba tan iluminada que le habÃa complacido cerrar los ojos, pero seguÃa con gran interés nuestra conversación agradable y amena. Peggy entró de nuevo, sonrojada de orgullo. ¡Otra bandeja!
«¡Oh, nobleza! —pensé—, ¿podrás sobrellevar este último golpe?». La señorita Barker habÃa mandado traer (no, estoy segura de que ella misma lo habÃa preparado, aunque exclamó: «Caramba, Peggy, ¿qué nos traes ahora?», fingiéndose agradablemente sorprendida ante tan inesperado deleite) toda clase de cosas buenas para cenar: ostras gratinadas, langostas en conserva, jalea, un plato llamado «pequeños Cupidos» (muy apreciado por las señoras de Cranford, aunque demasiado caro para ser servido en cenas no oficiales o muy solemnes, y que de no haber sabido su auténtico nombre, tan clásico y refinado, habrÃa definido como «almendrados empapados en brandy»). En una palabra, Ãbamos a ser festejadas con los manjares más exquisitos; creÃmos mejor someternos educadamente, aun a costa de nuestros hábitos de nobleza, según los cuales no solÃamos cenar, aunque como la mayorÃa de personas frugales, hacÃamos gala de un buen apetito en las ocasiones especiales.