Cranford

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Me atrevería a decir que la señorita Barker, en su antigua esfera social, había trabado conocimiento con el brebaje denominado aguardiente de cereza. Ninguna de nosotras había visto jamás tal cosa y casi retrocedimos cuando nos lo ofreció: «Sólo un poquito, una copita, señoras, después de las ostras y la langosta. Ya saben lo que dicen, que a veces los crustáceos no son muy saludables». Todas negamos con la cabeza como mandarines, pero finalmente la señora Jamieson se dejó convencer y las demás seguimos su ejemplo. El sabor no era del todo desagradable, pero era tan extraordinariamente fuerte que nos vimos obligadas a toser de un modo terrible para demostrar nuestra falta de costumbre, y nuestra tos resultó casi tan extraña como la que dirigió la señorita Barker a Peggy para que nos permitiese la entrada.

—¡Qué fuerte! —exclamó la señorita Pole al dejar el vaso vacío sobre la mesa—. Diría que lleva alcohol.

—Sólo una gotita, lo necesario para que se conserve —explicó la señorita Barker—. Ya saben que solemos cubrir las conservas con papel empapado de aguardiente. A veces estoy un poco achispada después de comer tarta de ciruelas.


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