Cranford
Cranford Llegó el otro domingo y seguimos apartando la mirada de la señora Jamieson y su invitada, a la vez que entre nosotras hacíamos comentarios que considerábamos muy severos, casi demasiado. Era evidente que a la señorita Matty la incomodaba nuestro tono sarcástico. Tal vez para entonces lady Glenmire hubiera descubierto que la casa de la señora Jamieson no era la más alegre y animada del mundo; quizá la señora Jamieson había averiguado que la mayor parte de familias notables del condado se hallaban en Londres y que las que habían permanecido en el campo no eran tan activas como exigía la circunstancia de que lady Glenmire se encontrara en la vecindad. Los grandes acontecimientos nacen de insignificantes causas. Así pues, no pretendo adivinar qué fue lo que indujo a la señora Jamieson a alterar su determinación de excluir a las damas de Cranford y hacer circular tarjetas de invitación para una pequeña reunión que se celebraría el martes siguiente. El señor Mulliner en persona fue el encargado de repartirlas. Aquel hombre se empeñaba en olvidar que las casas tenían una puerta trasera y llamaba con un aldabonazo más estridente que el de su dueña, la señora Jamieson. Llevaba tres pequeñas invitaciones en una gran cesta para dar la impresión a su señora de que acarreaba un gran peso, cuando en realidad le cabían sin dificultad en el bolsillo del chaleco.