Cranford
Cranford El salón de la señora Jamieson era muy alegre; el sol de la tarde entraba a raudales y bajo el ventanal cuadrado se apiñaban las flores. El mobiliario era blanco y dorado, no del último estilo, Luis XIV, creo que lo llaman, todo lleno de conchas y volutas; no, las sillas y mesas de la señora Jamieson no tenían ni una sola curva, y las patas, que se estrechaban a medida que se acercaban al suelo, eran rectas y de esquinas cuadradas. Las sillas estaban alineadas contra la pared excepto cuatro o cinco, que aparecían en círculo alrededor de la chimenea. Tenían listones blancos en el respaldo y prominencias doradas que no invitaban a sentarse con comodidad. Había una mesa lacada destinada a la literatura donde reposaban una Biblia, una Guía de la nobleza y un Devocionario, y otra mesa cuadrada, de estilo Pembroke, dedicada a las Bellas Artes, sostenía un caleidoscopio, un fajo de tarjetas de conversación y de enigmas[22] (atadas con una cinta interminable de raso de color rosa descolorido) y una caja pintada con una cándida imitación de los caracteres que adornan las cajas de té. Carlo estaba tumbado en la estera de estambre y nos ladró con displicencia al entrar. La señora Jamieson se puso de pie y nos dirigió una aletargada sonrisa de bienvenida mientras miraba en vano al señor Mulliner, que estaba detrás de nosotras, como esperando que nos colocase en las sillas, porque si él no lo hacía, ella no se veía capaz. Supongo que este consideró que podíamos abrirnos paso entre el círculo de sillas que rodeaba la chimenea, lo cual, no sé por qué, me hizo pensar en Stonehenge. Lady Glenmire acudió a socorrer a nuestra anfitriona y por primera vez nos encontramos situadas en casa de la señora Jamieson de una manera cómoda y sin formalidades. Ahora que teníamos tiempo para observarla, lady Glenmire resultó ser una mujer vivaz de mediana edad que debió de ser muy hermosa en su juventud y que aún conservaba un aspecto muy agradable. Me di cuenta de que durante los primeros cinco minutos la señorita Pole evaluaba su vestido y no me sorprendió el comentario que hizo al día siguiente: «¡Cielo santo! Con diez libras se podía comprar todo lo que llevaba puesto, incluido el encaje».