Cranford
Cranford —¡Qué desfachatez la de ese hombre! —susurró la señorita Pole indignada—. Me gustarÃa preguntarle si su señora paga una cuarta parte para su uso exclusivo.
La miramos con admiración por la valentÃa de su comentario, pues el señor Mulliner nos inspiraba un temor reverente. ParecÃa tener siempre presente su condescendencia por haber fijado su residencia en Cranford. La señorita Jenkyns, erigida a veces en campeona intrépida de su sexo, se habÃa dirigido a él en términos de igualdad, pero ni siquiera ella logró ir más allá. Cuando estaba más simpático y amable, parecÃa una cacatúa enfurruñada. No hablaba, con excepción de algunos roncos monosÃlabos. Esperaba en el vestÃbulo cuando le rogábamos que no lo hiciera, y luego estaba profundamente ofendido porque lo habÃamos dejado allà mientras nosotras, con manos temblorosas y atolondradas, nos preparábamos para salir juntas.
La señorita Pole aventuró una pequeña broma mientras subÃamos, que aunque dirigida a nosotras, iba destinada a proporcionar alguna diversión al señor Mulliner. Todas nosotras sonreÃmos para demostrar que nos sentÃamos a nuestras anchas y le dirigimos una tÃmida mirada de simpatÃa, pero no aflojó ni un solo músculo de su cara de madera y nos pusimos serias al instante.