Cranford

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Me estoy precipitando al describir la indumentaria del grupo. Antes debería relatar cómo nos fuimos reuniendo por el camino. La señora Jamieson vivía en una casa grande de las afueras de la ciudad. La carretera, que en otros tiempos había sido calle, llevaba directamente a la entrada de la casa, sin que mediara jardín ni patio alguno. Dondequiera que se encontrara el sol, jamás daba sobre la fachada de la casa. Los aposentos estaban, sin embargo, en la parte trasera y daban a un agradable jardín; las ventanas delanteras sólo pertenecían a cocinas, despensas y cuartos para el servicio, y en uno de ellos se aposentaba el señor Mulliner, según se decía. Y es cierto que a veces, mirando de soslayo, veíamos una nuca cubierta de una cabellera empolvada que se desparramaba por el cuello de la casaca hasta llegar a la cintura; y aquella espalda imponente estaba siempre absorta en la lectura del St. James’s Chronicle, completamente desplegado, que en cierto modo explicaba la tardanza del periódico en llegar a nuestras manos (estábamos suscritas a medias con la señora Jamieson, aunque, en aras de su honorabilidad, ella tenía derecho a ser la primera en leerlo). Aquel martes, la demora que había sufrido el último ejemplar era particularmente grave porque la señorita Pole y la señorita Matty, en especial la primera, deseaban leer las noticias de la corte y estar preparadas para la entrevista de aquella tarde con la aristocracia. La señorita Pole nos dijo que, después de tomarse todo el tiempo necesario para peinarse y vestirse, a las cinco estaría lista por si llegaba el St. James’s Chronicle en el último momento (el mismo St. James’s Chronicle que la empolvada cabeza estaba leyendo con toda tranquilidad y compostura cuando aquella tarde pasamos por debajo de la ventana).


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