Cranford
Cranford A los pocos minutos lo trajo. Delicada era la vajilla, muy antigua la cubertería, delgadas las rebanadas de pan con mantequilla y mínimos los terrones de azúcar. El azúcar era, sin duda, lo que la señora Jamieson prefería economizar. Dudo que las pinzas de filigrana, con mecanismo de tijeras, se abrieran lo suficiente para coger un terrón normal de tamaño generoso, y cuando intenté atrapar dos diminutos terroncitos a la vez para que no se notasen demasiados viajes a la azucarera, expulsaron uno categóricamente, con un chasquido agudo, y evidentes malas intenciones. Antes de eso, sin embargo, habíamos tenido una leve contrariedad. En la jarra pequeña de plata había nata, y en la grande, leche. Tan pronto como entró el señor Mulliner, Carlo empezó a pedir, cosa que nuestros modales nos prohibían aunque estoy segura de que estábamos igualmente hambrientas. La señora Jamieson dijo que sin duda la dispensaríamos si antes daba el té a su necio perro. Así pues, le llenó un platito y lo dejó en el suelo para que lo lamiera; después comentó cuán inteligente y sensible era el animalito, pues distinguía perfectamente la nata y muchas veces se negaba a tomar el té si sólo estaba mezclado con leche. Así pues, la leche quedó para nosotras, que en silencio pensamos que éramos tan inteligentes y sensibles como Carlo, y al agravio se sumó el insulto cuando nos invitó a admirar cómo movía la cola en señal de gratitud por la nata que en un principio nos estaba destinada.