Cranford

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Después de tomar el té se rompió el hielo y hablamos de asuntos mundanos. Sentíamos gratitud por lady Glenmire por haber sugerido que sirviesen más pan con mantequilla y aquel mutuo deseo nos acercó más a ella que si hubiéramos estado charlando de la corte, aunque la señorita Pole dijo que le habría gustado oír cómo estaba la reina en boca de alguien que la hubiera visto.

La relación cordial empezó con el pan con mantequilla y se reforzó durante la partida de cartas. Lady Glenmire jugaba admirablemente al preference, y era una auténtica autoridad en el arte del tresillo y el cuatrillo. Incluso la señorita Pole se olvidaba de decir «milady» y «su señoría» y exclamaba «¡As de bastos, señora! Creo que tiene el as de espadas» tan tranquilamente como si no nos hubiéramos reunido el parlamento de Cranford para decidir el tratamiento debido a la esposa de un par.

Como muestra de que habíamos olvidado sinceramente que estábamos en presencia de quien podía haberse sentado a tomar el té en compañía de alguien con una corona en la cabeza en lugar de una gorra, la señora Forrester relató una curiosa anécdota a lady Glenmire, una historia conocida en el círculo de amigas íntimas pero que la señora Jamieson no había oído nunca. Se refería a una delicada puntilla antigua, única reliquia de tiempos mejores, que lady Glenmire había admirado en el cuello de la señora Forrester.


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