Cranford
Cranford —Sà —afirmó esta—. Una puntilla asà no puede obtenerse ahora por nada del mundo; la hacÃan unas monjas del extranjero, según me dijeron. Parece que ahora ni siquiera allà las pueden hacer, aunque no me extrañarÃa que hubiera cambiado con la ley de la emancipación católica. Pero entretanto, guardo la puntilla como un tesoro y ni siquiera me atrevo a confiar su lavado a mi doncella (la muchacha de la escuela de caridad que he mencionado antes, pero sonaba mejor decir «mi doncella»). Siempre la lavo yo misma. Y una vez se salvó de milagro. Su señorÃa sabrá sin duda que una puntilla asà no debe almidonarse ni plancharse. Algunas personas las lavan con agua y azúcar, otras con café para darles el color amarillento adecuado. Yo conozco un truco mucho mejor: la lavo con leche, que le da cierta rigidez y un color crema muy bonito. Pues bien, resulta que la habÃa sujetado doblada con unos hilvanes (lo bueno de esta puntilla es que una vez húmeda ocupa muy poco espacio) y puesto a remojar en leche; por desgracia, salà de la habitación y cuando regresé encontré a la gata subida a la mesa, con el mismo aspecto de un ladrón pero haciendo esfuerzos por tragar, como si tuviera algo atravesado en la garganta que no pudiera engullir. Y no me creerán, pero en un principio me apiadé de ella y dije: «¡Pobre minina! ¿Qué te pasa?». Pero en aquel momento vi la taza de leche vacÃa. ¡No quedaba nada! «¡Gata bribona!», exclamé. Tan furiosa estaba que le di un sopapo y fue peor aún, porque le ayudó a tragarse la puntilla, como cuando damos una palmada en la espalda a un niño que se ha atragantado. Estaba tan irritada que me hubiera echado a llorar, pero decidà no darme por vencida y luchar por recuperar la puntilla. Confiaba que en algún momento le sentarÃa mal a la gata, pero incluso Job habrÃa perdido la paciencia al ver, como yo vi, que el animal, ni un cuarto de hora más tarde, entraba plácido y ronroneante, casi esperando que lo acariciara. «No, minina —dije—. Si te queda un mÃnimo de conciencia, no esperes que lo haga». Entonces se me ocurrió una idea; llamé a la doncella con la campanilla y la mandé a casa del señor Hoggins, con mis saludos, para preguntarle si tendrÃa la amabilidad de prestarme una de sus botas altas de montar durante una hora. No creo que hubiera nada raro en el mensaje, pero Jenny dijo que los jóvenes de la casa del médico se retorcÃan de risa al oÃr que pedÃa una bota. Cuando esta llegó, Jenny y yo metimos la gata dentro, con las patas delanteras estiradas hacia abajo para mantenerlas sujetas y asà no pudiera arañar, y le dimos una cucharadita de jalea de grosella en la que (dispense su señorÃa) habÃa mezclado un poco de tártaro emético. Nunca olvidaré la ansiedad que pasé la media hora siguiente. Me llevé la gata a mi cuarto y extendà una toalla limpia en el suelo. La habrÃa besado cuando vi que la puntilla asomaba de la misma manera que habÃa entrado. Jenny tenÃa agua hirviendo preparada y sumergimos la puntilla repetidamente; luego la tendimos al sol sobre una mata de espliego antes de que fuera capaz de tocarla, aun para sumergirla en leche. Ya ve, señorÃa. Nunca se hubiera imaginado que esta puntilla habÃa estado dentro de una gata.