Cranford

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En el transcurso de la velada supimos que lady Glenmire pensaba quedarse una larga temporada con la señora Jamieson, ya que había dejado su residencia de Edimburgo y no había nada allí que la reclamase con urgencia. La noticia nos pareció bastante satisfactoria, ya que nos había causado una buena impresión; también fue un alivio saber, por comentarios que surgieron a lo largo de la tertulia, que, entre otras muchas virtudes, se sentía muy distante de la «vulgaridad de la riqueza».

—¿No les parece muy desagradable tener que andar? —preguntó la señora Jamieson cuando anunciaron nuestras respectivas criadas.

Era una pregunta habitual en ella, que tenía su carruaje en la cochera y siempre iba en litera a las distancias más cortas. Las respuestas que le dábamos eran evidentes: «No, en absoluto. ¡La noche está tan agradable y tranquila!», «Se agradece el fresco tras el acaloramiento de la reunión», «¡Son tan hermosas las estrellas!». Esta última era de la señorita Matty.

—¿Es aficionada a la astronomía? —preguntó lady Glenmire.


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