Cranford
Cranford Deseaba saber cómo se comportaban las damas de Cranford cuando coincidían en sus reuniones con el capitán Brown. Antes solíamos regocijarnos porque en las partidas de naipes no había ningún caballero a quien atender ni dar conversación, y nos felicitábamos por lo acogedor de nuestras veladas. Nuestro amor por el refinamiento y el disgusto que sentíamos por el género masculino casi nos habían convencido de que ser hombre era una «vulgaridad»; así pues, cuando tuve noticias de que mi amiga y anfitriona, la señorita Jenkyns, pensaba organizar una reunión en mi honor a la que estaban invitados el capitán y las señoritas Brown, me pregunté qué ocurriría en el transcurso de la velada. Durante el día, como de costumbre, se montaron las mesas de juego, cubiertas con un paño verde; estábamos en la tercera semana de noviembre y anochecía a eso de las cuatro. En cada mesa se habían dispuesto velas y una baraja limpia y el fuego estaba encendido; la pulcra sirvienta había recibido las últimas instrucciones y ahí estábamos nosotras muy elegantes, con una tea en la mano y dispuestas a precipitarnos sobre las velas para encenderlas tan pronto como sonase la campanilla. Las reuniones de Cranford eran solemnes celebraciones y las señoras sentían un contenido alborozo al sentarse juntas con sus mejores galas. En cuanto hubieron llegado tres, nos pusimos a jugar al preference y a mí me tocó ser la desgraciada cuarta jugadora. Las cuatro invitadas siguientes fueron conducidas inmediatamente a otra mesa y las bandejas de té que por la mañana había visto preparadas en la despensa quedaron depositadas inmediatamente en el centro de cada mesa. La vajilla era de porcelana fina y la plata, un poco anticuada, resplandecía de tan bruñida; pero la merienda era la mínima expresión. Cuando las bandejas estaban ya en las mesas, llegaron el capitán y las señoritas Brown y pude comprobar que en cierto modo el capitán Brown gozaba de la predilección de todas las damas allí presentes. Los ceños arrugados se suavizaron y las voces agudas bajaron de tono a su llegada. La señorita Brown parecía enferma, abatida, casi lúgubre. La señorita Jessie sonreía como siempre y daba la impresión de ser casi tan popular como su padre. Este asumió inmediatamente y con toda naturalidad el puesto del hombre en la sala; atendía a los deseos de todas, aligeraba el trabajo de la bonita criada llenando las tazas y sirviendo pan con mantequilla, y sus gestos eran siempre tan naturales y dignos como si fuera habitual que los fuertes atendieran a los débiles; era todo un caballero. Jugaba por monedas de tres peniques con el mismo grave interés que si fueran libras, y sin embargo, aun atendiendo a todas aquellas extrañas, no perdía de vista a su hija sufriente; porque yo estoy segura de que sufría, aunque a los ojos de muchos fuera simplemente irascible. La señorita Jessie no sabía jugar, pero charlaba con las que habían quedado excluidas de la partida y que antes de aparecer ella parecían más bien malhumoradas. Cantó también, acompañándose de un antiguo piano desvencijado que en sus buenos tiempos había sido, creo, una espineta. La señorita Jessie entonó Jock of Hazeldean desafinando un poco, pero ninguna de nosotras tenía dotes musicales aunque la señorita Jenkyns llevase el compás, a destiempo, para aparentarlo.