Cranford
Cranford Con sumo gusto acepté la invitación de la señorita Matty, independientemente del mago, y muy en especial para impedir que desfigurase su cara menuda, dulce y ratonil con un inmenso turbante sarraceno. Por consiguiente, le compré una bonita y pulcra gorra, propia de una persona de su edad que, sin embargo, le causó una profunda decepción a mi llegada, cuando me siguió hasta mi cuarto con la excusa de atizar el fuego aunque diría que en realidad quería ver si la sombrerera que me había acompañado en el viaje contenía un turbante verdemar. En vano hice girar la gorra en la mano para mostrar la pieza de atrás y de los lados: se había encaprichado con un turbante y sólo fue capaz de decir con voz y semblante de resignación:
—Estoy segura de que has hecho lo que estaba en tu mano, querida. Sólo que es igual que las gorras que llevan todas las señoras de Cranford y ya hace un año que las tienen, diría yo. Hubiera preferido algo más nuevo, lo confieso; una cosa así como los turbantes que según la señorita Betty Barker lleva la reina Adelaida; pero es muy bonita, eso es verdad. Y probablemente el color lavanda me sentará mejor que el verdemar. A fin de cuentas, ¿por qué vamos a preocuparnos tanto por lo que nos ponemos? Si necesitas algo, pídemelo, querida. Aquí tienes la campanilla. Supongo que los turbantes aún no han llegado a Drumble, ¿verdad?