Cranford

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A finales de noviembre, ya de vuelta a casa con mi padre, que volvía a gozar de buena salud, la señorita Matty me mandó una carta ciertamente misteriosa. Comenzaba frases que no terminaban y pasaba de la una a la otra en un orden tan confuso como se agrupan las palabras en el papel secante. Todo lo que logré descifrar fue: si mi padre se encontraba mejor (esperaba que así fuera), que le aconsejara llevar un grueso abrigo desde la fiesta de San Miguel hasta el día de la Anunciación; si los turbantes estaban de moda, ¿podía decírselo? Iba a tener lugar un gran entretenimiento como no se había visto desde que vinieron los leones de Wombwell, cuando uno de ellos devoró el brazo de un niño; ella era, tal vez, demasiado vieja para preocuparse por la ropa, pero un nuevo sombrero sí que debía comprárselo, y puesto que había oído que se llevaban los turbantes, y como era probable que acudieran las familias nobles y quería estar presentable, tal vez yo le podía encargar uno a la sombrerera que me servía. ¡Ah! ¡Y qué descuido por su parte! Había olvidado decir que me escribía para rogarme que acudiera a su casa el martes siguiente, pues esperaba poder ofrecerme un buen entretenimiento del que ahora no podía dar más detalles, y que el verdemar era su color favorito. Así finalizaba la carta, pero en la posdata añadía que, bien pensado, tal vez pudiera decirme de qué se trataba la atracción que tendría lugar en Cranford; el signor Brunoni iba a exhibir su extraordinaria magia en el salón de actos de Cranford las noches del miércoles y del viernes de la semana siguiente.


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