Cranford
Cranford Del trío de señoras de Cranford que estábamos reunidas, la señorita Pole era quien siempre tenía algo que contar. Acostumbraba a pasar la mañana recorriendo las tiendas, no para comprar (excepto un ovillo de algodón de vez en cuando, o alguna cinta), sino para curiosear los nuevos artículos y hablar de ellos, así como para recoger las noticias dispersas que corrían por la ciudad. Tenía también una manera de dejarse caer recatadamente aquí y allá, en toda clase de sitios, para satisfacer su curiosidad sobre cualquier asunto, que de no haber sido su aspecto tan decoroso y discreto, se podría haber considerado impertinente. Ahora bien, por la forma tan expresiva de aclararse la voz y de aguardar que se tratasen temas de menor importancia (como gorras y turbantes), intuimos que tenía algo especial que contar cuando se hiciera la pausa oportuna. Desafío a cualquier persona dotada de un grado de modestia normal a que sostenga una conversación larga mientras uno de los asistentes permanece sentado en silencio, menospreciando cuanto a los demás se les ocurre decir por considerarlo trivial y despreciable en comparación con lo que podría revelar si se lo suplicaran debidamente. Así empezó la señorita Pole: