Cranford

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—Esta mañana, al salir de la tienda de Gordon, he entrado por casualidad en el George (una prima segunda de mi Betty trabaja allí de doncella y se me ha ocurrido que se alegraría de saber cómo estaba). Como no veía a nadie, he subido las escaleras y me he encontrado en el pasillo que lleva al salón de actos (usted y yo nos acordamos muy bien del salón de actos, ¿no es así, señorita Matty? ¡Y de los menuets de la cour[23]!); así que he seguido sin pensar adónde iba y de pronto me he dado cuenta de que estaba en medio de los preparativos para mañana por la noche; el salón estaba dividido por dos grandes tendederos donde los obreros de Crosby clavaban telas de franela roja que daban un aspecto muy oscuro y extraño; un poco confusa, cuando me dirigía sin pensar al otro lado de los biombos, un caballero (un auténtico caballero, se lo aseguro) ha dado un paso al frente para preguntarme en qué podía servirme. Chapurreaba de tal modo el inglés que no he podido por menos que acordarme de Thaddeus de Varsovia, de los hermanos húngaros y de Santo Sebastiani[24]; mientras estaba distraída imaginando su vida pasada, me ha hecho salir amablemente del salón. ¡Esperen un momento! ¡Aún no han escuchado ni la mitad de la historia! Cuando bajaba la escalera, me he tropezado con la prima segunda de Betty. Como es natural, me he detenido a hablar con ella, para complacer a Betty, y me ha dicho que efectivamente había hablado con el mago: el caballero que chapurreaba inglés era el signor Brunoni en persona. En aquel momento ha pasado junto a nosotras y me ha saludado con una inclinación muy elegante, a la cual yo he respondido con una reverencia; los extranjeros tienen unos modales tan corteses que una siempre aprende algo de ellos. Cuando ha llegado al pie de la escalera, he caído en la cuenta de que había perdido un guante en el salón de actos (había quedado oculto en el manguito, pero no lo he advertido hasta más tarde); así pues, he vuelto sobre mis pasos y, en el momento en que enfilaba el pasillo que han dejado a la izquierda del gran biombo que casi divide la sala, veo al mismo caballero con quien me había encontrado antes y que me había adelantado en la escalera, que ahora sale de la parte interior del salón en la cual no hay ninguna entrada (como bien recordará, señorita Matty), y en su inglés chapurreado me ha vuelto a repetir la pregunta de si tenía algo que hacer allí. No lo ha dicho de manera tan brusca, pero se le veía muy decidido a no dejarme sobrepasar el biombo. Como es natural, le he explicado que había perdido el guante, que, curiosamente, he encontrado en aquel mismo momento.


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