Cranford
Cranford Estábamos atónitas. Costaba imaginar cómo hacía aquellos trucos, incluso cuando la señorita Pole sacó los pedazos de papel y se puso a leer en voz alta —o por lo menos en un susurro muy audible— las distintas «recetas» para sus juegos de manos más comunes. Si alguna vez vi a un hombre con el entrecejo fruncido y el semblante colérico, este fue el Gran Turco mirando a la señorita Pole; pero como ella dijo, ¿qué podía esperarse de un musulmán, sino una mirada poco cristiana? Si la señorita Pole se mostraba escéptica y más interesada por las recetas y los diagramas que por los juegos de manos del mago, la señorita Matty y la señora Forrester estaban embelesadas y totalmente perplejas. La señora Jamieson seguía quitándose las gafas para limpiarlas, como si creyera que algún defecto causaba los artificios, y lady Glenmire, que había presenciado espectáculos muy curiosos en Edimburgo, estaba impresionada por los juegos de manos y mostraba su desacuerdo con la señorita Pole, que afirmaba que cualquiera podía realizarlos con un poco de práctica y que ella misma podría con sólo dos horas de dedicación al estudio de la enciclopedia y una técnica para dar flexibilidad al dedo corazón.