Cranford

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Una de las historias que me tuvo obsesionada mucho tiempo después fue la de una muchacha a quien dejaron a cargo de una mansión en Cumberland en un día especial de feria en que los otros sirvientes habían ido a divertirse. La familia se encontraba en Londres; vino un buhonero que le pidió si podía dejar un fardo grande y pesado en la cocina, diciendo que pasaría a recogerlo por la noche; la muchacha (hija de un guardabosque), buscando alguna distracción, dio con una escopeta que estaba colgada en el vestíbulo y la descolgó para inspeccionar la cinceladura; el arma se disparó, la bala salió por la puerta abierta de la cocina y fue a dar en el fardo, del que brotó un hilillo oscuro de sangre. (¡Cómo disfrutaba la señorita Pole con esta parte de la historia, demorándose devotamente en cada palabra!). Se dio más prisa relatando la valentía de la muchacha, y sólo me queda una vaga idea de que la muchacha desafió a los ladrones con unas tenacillas de rizar el pelo que calentó al rojo vivo y luego enfrió sumergiéndolas en grasa.

Nos retiramos a dormir con atemorizada curiosidad por lo que sabríamos al día siguiente y, por mi parte, con el vehemente deseo de que la noche transcurriera de una vez: temía que los ladrones hubieran observado desde la oscuridad que la señorita Pole se llevaba la cubertería y que tuviesen doble motivo para entrar en nuestra casa.


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