Cranford
Cranford Cuando se presentó lady Glenmire, casi nos sentimos celosas de ella. Efectivamente, habían asaltado la casa de la señora Jamieson; por lo menos había pisadas de hombre en los macizos de flores situados debajo de las ventanas de la cocina, «donde no tenía por qué haber ningún hombre», y Carlo se había pasado la noche ladrando como si hubiera extraños en el exterior. Lady Glenmire había despertado a la señora Jamieson y habían tocado la campanilla que comunicaba con el cuarto del señor Mulliner, en el tercer piso; cuando el gorro de dormir de este se asomó por el hueco de la escalera en respuesta a la llamada, le informaron de los motivos de su alarma, en vista de lo cual se retiró a su alcoba, cerró la puerta con llave (por miedo a la corriente de aire, según dijo a la mañana siguiente) y tras abrir la ventana gritó valientemente a los supuestos ladrones que, si querían vérselas con él, estaba dispuesto para la contienda. Lástima que, según observó lady Glenmire, era un triste consuelo, pues para enfrentarse con él los ladrones debían pasar por la alcoba de la señora Jamieson y la suya propia, y tenían que estar en fuerte disposición de luchar si se perdían la oportunidad de robar en los pisos inferiores, sin vigilancia alguna, para subir al desván y forzar una puerta para enfrentarse con el campeón de la casa. Lady Glenmire, después de esperar en el salón con el oído atento durante un buen rato, propuso a la señora Jamieson que volvieran a la cama, pero esta dijo que no se quedaría tranquila si no se quedaba vigilando; así pues, se arrebujó cómodamente en el sofá, donde la encontró profundamente dormida la criada al entrar en la sala a las seis de la mañana. Lady Glenmire, por el contrario, se fue a la cama y estuvo despierta toda la noche.