Cranford

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Cuando la señorita Pole oyó la historia, movió la cabeza satisfecha, pues estaba convencida de que algo iba a ocurrir aquella noche en Cranford; y así fue. No cabía duda de que en un principio se habían propuesto entrar en su casa, pero viendo que ella y Betty estaban en guardia y se llevaban los cubiertos, habían cambiado de táctica y se habían dirigido a la casa de la señora Jamieson, y Dios sabe lo que hubiera ocurrido si Carlo, que era un buen perro, no hubiera ladrado.

¡Pobre Carlo! Pocos días le quedaban para ladrar. Sus días de ladridos estaban muy próximos. Fuera porque la banda que infestaba el vecindario tenía miedo de él, o porque querían vengarse por la manera en que los había ahuyentado aquella noche, el caso es que lo envenenaron; o tal vez ocurrió lo que opinaron los más incultos: que había muerto de una apoplejía causada por la alimentación excesiva y la falta de ejercicio. Como quiera que fuese, lo cierto es que dos días después de aquella noche repleta de acontecimientos encontraron muerto a Carlo, con las patitas delanteras rígidas en actitud de echar a correr, como si tal inusitado esfuerzo lo pudiera librar de su seguro perseguidor: la muerte.




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