Cranford

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—¡Pues bien! —exclamó la señorita Pole, sentándose con la resolución de la persona que ha llegado a una conclusión sobre la naturaleza de la vida y del mundo (y esa gente nunca pisa con suavidad ni se sienta sin dejarse caer)—. Ya ve, señorita Matty, los hombres siempre serán hombres. Cualquier hijo de vecino desea que le consideren Sansón y Salomón al mismo tiempo: demasiado fuerte para ser vencido o derrotado, demasiado sabio para ser engañado. Si se fija bien, verá que siempre han predicho los acontecimientos aunque nunca advierten de ellos antes de que ocurran. Mi padre era un hombre, de modo que conozco bien el género masculino.

Habló hasta perder el resuello; con mucho gusto habríamos llenado las pausas necesarias a modo de coro, pero no sabíamos exactamente qué decir, ni qué hombre había inspirado tal diatriba contra su sexo; así pues, nos limitamos a acompañarla con un solemne movimiento de cabeza y murmurando débilmente: «No hay quien los entienda, es cierto».

—Sólo pensar —continuó— que he corrido el riesgo de que me arrancara la única muela que me queda (porque desgraciadamente una está a merced del médico dentista; y yo por lo menos siempre hablo cortésmente con ellos hasta que consigo librar la boca de sus garras); a fin de cuentas, el señor Hoggins es demasiado hombre para reconocer que anoche le robaron.

—¡No es posible! —exclamó el coro.


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