Cranford
Cranford Habiendo afrontado los peligros de Darkness Lane, lo que nos permitió un pequeño acopio de reputación de ser personas valientes y deseosas también, claro está, de probar que éramos superiores a los hombres (videlicet[27] al señor Hoggins) en lo tocante a la franqueza, comenzamos a relatar nuestros miedos particulares y las precauciones especiales que tomaba cada una de nosotras. Yo confesé que mi mayor aprensión eran los ojos: ojos mirándome, observándome, brillando desde cualquier superficie de madera oscura y plana; y que si me atreviese a ponerme ante el espejo cuando me dominaba el pánico, sin duda le daría la vuelta por miedo a ver unos ojos detrás de mí observándome desde la oscuridad. Me di cuenta de que la señorita Matty ardía en deseos de hacer una confesión y finalmente se atrevió. Reconoció que desde pequeña, al subirse a la cama, temía que alguien escondido debajo le agarrase la pierna que aún apoyaba sobre el suelo. Cuando era más joven y ágil, prosiguió, solía saltar desde cierta distancia de modo que las dos piernas llegasen a la cama al mismo tiempo y sin peligro; sin embargo dejó de hacerlo porque molestaba a Deborah, que se jactaba de subir a la cama graciosamente. Ahora que habían vuelto los antiguos terrores, sin embargo, sobre todo desde que la casa de la señorita Pole había sido asaltada (habíamos acabado por creer que efectivamente el asalto había tenido lugar), y resultaba muy desagradable la idea de mirar debajo de la cama por si encontraba a un hombre escondido con un rostro grande y fiero mirándola fijamente, se le había ocurrido la idea (tal vez yo había notado que había encargado a Martha que le comprara una pelota de penique, como aquellas con que juegan los niños) de hacer rodar la pelota por debajo de la cama cada noche: si esta salía por el otro lado, magnífico; de lo contrario, se cuidaba mucho de dejar la mano sobre la cuerda de la campanilla y pensaba llamar a John y a Harry, como si hubiesen de acudir unos sirvientes a su llamada. Todas aplaudimos la ingeniosa idea y la señorita Matty, silenciosa y llena de satisfacción, volvió a arrellanarse en su silla y miró a la señora Forrester como pidiéndole que narrase su debilidad particular. La señora Forrester miró de reojo a la señorita Pole y trató de cambiar de tema diciéndonos que había traído a un muchacho de una de las casas vecinas tras prometer a sus padres un quintal de carbón por Navidad y la cena diaria del joven a cambio de que durmiera en la casa. El primer día le había instruido en sus posibles deberes y, viendo que era juicioso, le había dado la espada del comandante (el comandante era su difunto esposo) con el ruego de que cada noche la depositara con cuidado debajo de la almohada, con el filo hacia la pared. Era un muchacho muy listo, estaba segura, pues al ver el tricornio del comandante comentó que, si él pudiera ponérselo, estaba seguro de que algún día asustaría a dos ingleses o a cuatro franceses. Sin embargo, ella le hizo comprender que ponerse sombreros o cualquier otra cosa era una pérdida de tiempo, pero que si oía un ruido, tenía que correr hacia allí con la espada desenvainada. Al insinuar yo que con consejos tan sanguinarios e indiscriminados podía ocurrir un accidente, y que podía precipitarse sobre Jenny cuando se levantara a limpiar y atravesarla antes de advertir que no era un francés, la señora Forrester respondió que no lo consideraba probable, ya que el muchacho tenía un sueño muy profundo y generalmente había que sacudirlo o echarle agua fría para despertarlo por la mañana. A veces creía que tal modorra se debía a las sustanciosas cenas que el infeliz se zampaba, ya que en su casa estaba medio muerto de hambre y ella había ordenado a Jenny que le procurase un buen ágape cada noche.