Cranford

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Mientras nos poníamos las prendas para volver a casa guardamos un discreto silencio respecto a la mujer sin cabeza, pues quién sabe si podían estar cerca la cabeza y las orejas de la aparecida y qué relación espiritual podían tener con el infortunado cuerpo de Darkness Lane; y por consiguiente, incluso la señorita Pole consideró que era mejor no hablar a la ligera de aquellos temas por miedo a ofender o a irritar a aquel angustiado tronco. Por lo menos, así me pareció, porque en vez de la animada charla que solía acompañar a tales preparativos, nos pusimos las capas tan tristes como plañideras en un funeral. La señorita Matty corrió las cortinillas de las ventanas de la litera para evitar visiones desagradables y los hombres (tal vez porque veían próximo el final de la jornada o porque iban cuesta abajo) arrancaron a un paso tan vivo y animado que la señorita Pole y yo apenas podíamos mantenernos a su lado. A esta sólo le quedaba aliento suficiente para implorar «¡No me deje! ¡No me deje!», a la vez que se asía a mi brazo con tanta fuerza que no hubiera podido abandonarla, con aparición o sin ella. ¡Qué alivio cuando los hombres, fatigados por la carga y por el paso ligero, se detuvieron en el cruce de Headingley Causeway y Darkness Lane! La señorita Pole me soltó y se asió del brazo de uno de los hombres.



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