Cranford

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—Una vez mi padre nos hizo llevar un diario de dos columnas —contó—. En una debíamos anotar por la mañana lo que creíamos que iba a ocurrirnos durante el día, y por la noche teníamos que escribir en la otra lo que había ocurrido en realidad. Para algunos, esta sería una triste manera de contar sus vidas. —Una lágrima cayó sobre mi mano cuando pronunció estas palabras—. No quiero decir que mi vida haya sido triste, pero sí muy distinta de lo que esperaba. Recuerdo ahora una tarde de invierno en que Deborah y yo estábamos sentadas junto a la chimenea del dormitorio de nuestra habitación. Lo veo como si fuera ayer. Planeábamos nuestras vidas futuras, aunque sólo habló ella. Me dijo que le gustaría casarse con un arcediano y redactarle sus sermones; como sabes, nunca se casó y, que yo sepa, en toda su vida no habló con ningún arcediano soltero. Yo jamás he sido ambiciosa, ni tampoco habría sido capaz de escribir sermones, pero me veía capaz de llevar una casa (mi madre solía decir que era su mano derecha); siempre me han gustado mucho los niños y aun las criaturas más tímidas extendían los bracitos para venirse conmigo. Cuando era una jovencita ocupaba la mitad de mi tiempo libre haciendo de niñera en las casas del vecindario, pero no sé cómo ocurrió que cuando me volví más triste y seria (eso me ocurrió uno o dos años después) los pequeños empezaron a apartarse de mi lado y me temo que perdí la fascinación que sentían por mí, aunque siguen gustándome tanto como antes y cuando veo a una madre con su hijito en brazos siento un extraño desasosiego en el corazón. Y no sólo es eso. —El súbito resplandor que desprendió un carbón encendido al caer me permitió ver que tenía los ojos anegados de lágrimas, fijos en la visión de lo que pudo haber sido—. ¿Sabes que a veces sueño que tengo una hija, siempre la misma, una niña de unos dos años que nunca crece, a pesar de los años que he soñado con ella? Creo que nunca la he oído emitir ni una palabra, ni un sonido; es callada y tranquila, pero acude a mí cuando está muy triste o muy contenta y a veces me despierto sintiendo sus bracitos rodeándome el cuello. Anoche, precisamente (acaso porque me acosté pensando en la pelota para Phoebe), se me apareció en sueños mi niña querida y me avanzó los labios para que la besara, tal como he visto que los niños de carne y hueso hacen con sus madres auténticas antes de acostarse. Espero que no te asusten los disparates que dice la señorita Pole en contra del matrimonio. Imagino que puede ser un estado muy grato, y un poco de credulidad ayuda a que la vida transcurra con placidez, y es preferible a estar dudando constantemente y viendo dificultades y molestias en todo.


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