Cranford

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—¿Y finalmente llegó bien a Calcuta?

—Sí, sana y salva. Cuando supe que sólo me quedaban dos días de camino, no pude por menos, aunque no sé si se trataba de un acto de idolatría, que entrar con mi hija en uno de los templos nativos que había allí mismo y agradecer a Dios su infinita misericordia. Me pareció que donde antes otros habían rezado a su Dios, en su gozo o en su dolor, era de por sí un lugar sagrado. Me coloqué de sirvienta en casa de una señora inválida que conocí en el barco y que sentía un gran aprecio por mi hija. Dos años más tarde, Sam obtuvo la licencia y regresó a casa para reunirse conmigo y con mi hija. Tenía que ejercer un oficio pero no tenía ninguno. En otra época, un malabarista indio le había enseñado algunos juegos de manos, de modo que se metió a ilusionista y se le daba tan bien que se llevó a Thomas para que lo ayudase como sirviente, no como ilusionista, aunque ahora Thomas trabaja por su cuenta. El parecido entre los dos hermanos ha resultado de gran ayuda y ha hecho que salieran bien muchos trucos que ejecutaban juntos. Thomas es un buen hermano, pero no tiene el porte elegante de mi marido, y no comprendo cómo lo toman por el signor Brunoni cuando él dice que lo es.

—¡Pobrecita Phoebe! —exclamé mientras pensaba en aquella niña que había transportado andando centenares de millas.


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