Cranford
Cranford —¡SÃ! Muchos años. Sam era sargento del regimiento 31 y cuando este fue destinado a la India tuve la suerte de que me permitieran acompañarlo. Mi agradecimiento fue indecible, pues separarme de mi esposo se me antojaba una muerte lenta, aunque debo confesar que, si lo hubiera sabido, no sé si no hubiera preferido la muerte a todo lo que me ha ocurrido desde entonces. Tuve la oportunidad de consolar a Sam, es cierto, y de estar con él; pero he perdido seis hijos —confesó mirándome con los ojos extraños que sólo he advertido en las madres que han perdido a sus hijos, con una expresión salvaje, como buscando algo que nunca más podrán encontrar—. SÃ, seis hijos muertos, como pequeños brotes quemados por una helada inoportuna, en aquella India cruel. Cada vez que se me morÃa uno, pensaba que nunca más podrÃa (ni querrÃa) volver a amar a un niño; pero cuando venÃa el siguiente, recibÃa no sólo el cariño que le debÃa a él, sino un amor mucho más profundo emanado del recuerdo de sus hermanitos muertos. Cuando esperaba a Phoebe, dije a mi marido: «Sam, cuando haya nacido el niño y yo me encuentre restablecida, te abandonaré; se me destrozará el corazón, pero si este también muere, me volveré loca; la locura ya se ha apoderado de mà ahora, pero si me permites ir andando hasta Calcuta con el niño en brazos, acaso logre erradicarla. Ahorraré, atesoraré, mendigaré y moriré para obtener un pasaje de vuelta a Inglaterra, donde nuestro hijo pueda vivir». Sam me dijo que podÃa marcharme, ¡Dios le bendiga! Empezó a ahorrar de su paga, y yo lavaba y hacÃa otras tareas para ganar unas monedas. Cuando nació Phoebe y me sentà fuerte de nuevo, partÃ. El camino era muy solitario; atravesaba bosques espesos, oscuros por los árboles corpulentos, bordeaba el rÃo (me habÃa criado a orillas del Avon, en Warwickshire, y el ruido de la corriente me hacÃa sentir como en casa); de un asentamiento militar a otro, de un pueblo indio al siguiente, seguà mi camino llevando a la niña. Yo habÃa visto un cuadro que tenÃa la esposa de uno de los oficiales, pintado por un extranjero católico, que representaba a la Virgen y al pequeño Salvador. Lo sostenÃa en brazos, inclinada dulcemente hacia él, y sus mejillas se rozaban. Cuando fui a despedirme de aquella mujer, para quien habÃa hecho de lavandera, se echó a llorar amargamente, pues también ella habÃa perdido a sus hijos y ahora no tenÃa ninguno al que salvar, como tenÃa yo, y fui lo bastante audaz para pedirle que me diera la imagen. Se intensificó su llanto, diciendo que sus hijos estaban con aquel Niño Jesús bendito; me la dio y me explicó que, según habÃa oÃdo, la habÃan pintado en el fondo de un tonel, y de ahà su forma redondeada. Cuando tenÃa el cuerpo fatigado y el corazón enfermo (porque hubo dÃas en que desconfiaba de poder llegar a mi patria, y a veces, al recordar a mi marido, y otra vez, cuando creà que la niña se morÃa), sacaba el cuadro y lo contemplaba, y hasta llegaba a pensar que la madre me hablaba para consolarme. Los nativos eran muy amables. No nos entendÃamos, pero al verme con la niña en brazos me traÃan arroz y leche, y a veces flores; conservo aún alguna de aquellas flores secas. Luego, a la mañana siguiente, estaba tan cansada que insistÃan en que me quedase con ellos y me asustaban para impedir que me adentrase en los bosques espesos, que eran ciertamente extraños y oscuros; pero imaginaba que la muerte me seguÃa para arrebatarme a la niña, y que yo debÃa seguir adelante, siempre adelante. Pensaba que Dios se habÃa ocupado de las madres desde la creación del mundo y que también cuidarÃa de mÃ. Asà pues, me despedÃa de ellos y reanudaba el camino. Una vez que la niña estuvo enferma y las dos necesitábamos descanso, Él me guio hasta un lugar donde un inglés muy amable convivÃa con los nativos.