Cranford

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Un día la signora me habló largamente de su vida anterior a aquel periodo. Todo empezó cuando le pregunté si era cierta la historia de la señorita Pole acerca de los hermanos gemelos; parecía una semejanza tan asombrosa que hubiera tenido mis dudas si la señorita Pole no hubiera sido soltera. No obstante, la signora, o la señora Brown (como supimos que prefería ser llamada), dijo que era cierta, que a su cuñado lo tomaban con frecuencia por su marido y que tal parecido era una gran ayuda para su profesión. «Aunque me cuesta comprender que la gente pueda confundir a Thomas con el auténtico signor Brunoni —prosiguió—, pero él dice que así es, de modo que no me queda más remedio que creerle. Lo que sí es cierto es que es un hombre muy bueno; no sé cómo nos las habríamos arreglado para pagar la cuenta del Rising Sun a no ser por el dinero que nos manda. La gente debe de ser muy poco entendida en arte si pueden confundirlo con mi esposo. Verá: en el juego de manos de la pelota, mi marido extiende los dedos y separa el meñique con gracia y desenvoltura; Thomas, en cambio, cierra totalmente la mano y dentro del puño podría esconder varias pelotas. Además, nunca ha estado en la India y desconoce la manera apropiada de ponerse el turbante».

—¿Han estado en la India? —inquirí perpleja.


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