Cranford

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La misma mañana del martes en que el señor Johnson presentaba sus prendas de moda, la mujer cartero nos trajo dos cartas. Digo la mujer cartero aunque lo correcto sería decir la mujer del cartero; era este un zapatero cojo, un hombre limpio, honesto y muy respetado en la ciudad, pero nunca salía a repartir las cartas excepto en ocasiones especiales como Navidad o Viernes Santo; en estos días, las cartas que debían repartirse a las ocho de la mañana no se entregaban hasta las dos o las tres de la tarde porque todos querían tanto al bueno de Thomas que le brindaban una calurosa bienvenida para celebrar la festividad. Solía decir que «se había dado una panzada de comer porque en tres o cuatro casas a las que tenía que servir había tenido que quedarse a desayunar», y cuando había terminado el último desayuno, llegaba a casa de otro amigo que empezaba a almorzar; pero fuera cual fuera la tentación, Tom se mostraba siempre sobrio, gentil, sonriente y, como solía decir la señorita Jenkyns, era un modelo de paciencia, preciosa cualidad que ella dudaba que existiera en muchas mentes, donde, si no fuera por Thomas, habría yacido latente y desconocida. Y la paciencia, ciertamente, permanecía muy oculta en la mente de la señorita Jenkyns, que siempre esperaba cartas y tamborileaba con los dedos sobre la mesa hasta que la mujer cartero llamaba o pasaba de largo. El día de Navidad y el Viernes Santo repetía ese gesto desde la hora del desayuno hasta la hora de ir a misa, y desde que volvía de la iglesia hasta las dos de la tarde, excepto cuando tenía que remover la lumbre, momento en que invariablemente se le caía el atizador y regañaba a la señorita Matty por ello. Igualmente cierto era, sin embargo, que dispensaba a Thomas un caluroso recibimiento acompañado de una suculenta comida; la señorita Jenkyns, de pie junto a él como un dragón audaz, le preguntaba por sus hijos: qué hacían y a qué escuela iban, y le reprendía si había otro por venir, pero mandaba un chelín para cada criatura y un pastelillo de frutos secos como obsequio para todos los niños, además de media corona para el padre y para la madre. Para la señorita Matty, el correo no tenía ni la mitad de importancia, pero por nada del mundo habría privado a Thomas de la bienvenida y la dádiva, aunque yo veía que tal ceremonia más bien la intimidaba, mientras que la señorita Jenkyns la consideraba una oportunidad gloriosa para dar consejos y beneficiar a sus semejantes. La señorita Matty ocultaba el dinero en la mano, como avergonzada. La señorita Jenkyns le daba cada moneda por separado, a la vez que le decía: «Tome, esto es para usted; esto para Jenny, etc.». La señorita Matty hacía señas a Martha para que saliera de la cocina mientras él comía, y una vez, que yo sepa, hizo la vista gorda cuando uno de los manjares desapareció rápidamente en su pañuelo azul. La señorita Jenkyns casi le regañaba si no dejaba limpio el plato de bolsillo, por colmado que estuviera, y le daba una orden a cada bocado.


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