Cranford

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He divagado mucho desde que narré la llegada de las dos cartas que nos esperaban sobre la mesa del desayuno aquel martes por la mañana. La mía era de mi padre. La de la señorita Matty era un impreso. La carta de mi padre era la carta típica de un hombre, es decir, monótona y con la única información de que estaba bien, que habían tenido mucha lluvia, que los negocios estaban estancados y que corrían muchos rumores desagradables. También me preguntaba si sabía si la señorita Matty conservaba sus acciones en el Town and County Bank, pues los informes eran bastante desfavorables, aunque no más de lo que él siempre había vaticinado, y hacía muchos años que se lo había profetizado a la señorita Jenkyns, cuando esta invirtió allí su pequeña fortuna; fue el único paso en falso dado por aquella inteligente mujer, según tenía entendido (la única vez que supe que no había seguido su consejo). Sin embargo, si las cosas iban mal, no había ni que pensar en dejar a la señorita Matty mientras pudiera serle de alguna utilidad, etc.

—¿De quién es tu carta, querida? La mía es una invitación muy cortés, firmada por «Edwin Wilson», rogándome que asista a una reunión muy importante de accionistas del Town and County Bank que tendrá lugar el martes veintiuno en Drumble. Debo decir que han sido muy amables por recordármelo.


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