Cranford
Cranford Cuando bajamos a la tienda, nos esperaba el señor Johnson, tan cortés; le habían informado del cambio del pagaré por el oro y con muy buena disposición y gran amabilidad, aunque con cierta falta de tacto, deseaba expresar sus condolencias a la señorita Matty y recalcarle el verdadero estado de la situación. Sólo me cabía esperar que hubiera oído rumores exagerados, pues afirmaba que las acciones ya no valían nada y que el banco no pagaría ni un chelín por libra. Me alegró comprobar que la señorita Matty parecía aún un poco incrédula, mas no podía asegurar hasta qué punto su actitud era real o fingida, por el dominio del que en Cranford solían hacer gala las damas de la categoría de la señorita Matty, que habrían considerado comprometida su dignidad por la más ligera expresión de sorpresa, desaliento u otro sentimiento similar ante alguien de condición social inferior o en un establecimiento público. No obstante, regresamos a casa en silencio. Me avergüenza confesar que creo que me molestó y contrarió la conducta de la señorita Matty al quedarse el pagaré con tanta decisión. Me había hecho a la idea de que se iba a hacer un vestido de seda nuevo, que, por desgracia, necesitaba. Por lo general, era tan indecisa que cualquiera podía hacerla cambiar de opinión; en este caso, me pareció que no valía la pena intentarlo, pero estaba preocupada por el resultado.