Cranford
Cranford Ninguna de las dos tenÃamos apetito para almorzar, pero tratamos de charlar con jovialidad de cosas triviales. Al regresar a la sala, la señorita Matty abrió su escritorio y se puso a revisar sus libros de cuentas. Me sentÃa tan culpable por mi comentario de la mañana que no tuve la osadÃa de suponer que podÃa ayudarla; más valÃa dejarla sola, con las cejas arqueadas, la mirada resiguiendo la pluma y abajo de la página pautada. Al poco rato cerró el libro, echó la llave al escritorio, cogió una silla y vino a sentarse a mi lado, junto a la lumbre, donde yo seguÃa apesadumbrada. Puse mi mano entre las suyas y la estrechó sin pronunciar ni una palabra. Finalmente, con voz de forzada serenidad, dijo: «Si ese banco quiebra, perderé ciento cuarenta y nueve libras, trece chelines y cuatro peniques por año; sólo me quedarán trece libras anuales». Le apreté la mano con fuerza. No sabÃa qué decirle. Al instante, noté que sus dedos se movÃan convulsivamente en mi mano (estaba demasiado oscuro para verle el rostro) y supe que iba a hablar de nuevo. Oà que sollozaba al decir: «No sé si está mal, si es una maldad, pero ¡me alegro tanto de que Deborah se haya ahorrado este trance! Por nada del mundo habrÃa soportado venir a menos; tenÃa un espÃritu demasiado noble y elevado».