Cranford

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Aquello fue todo lo que dijo acerca de su hermana, quien había insistido en invertir su modesto capital en aquel banco funesto. Aquella noche encendimos la vela más tarde de lo acostumbrado y hasta que la presencia de la luz no nos forzó a hablar, permanecimos sentadas juntas, tristes y silenciosas. Después del té, sin embargo, cogimos la labor con forzada jovialidad (que pronto se hizo real, en la medida de lo posible), y nos pusimos a hablar de aquella inagotable maravilla que suponía la boda de lady Glenmire. A punto estuvo la señorita Matty de aceptarla como positiva.

—No niego que los hombres son una molestia en casa. No juzgo por propia experiencia, pues mi padre era la limpieza personificada y antes de entrar se limpiaba los zapatos con tanto esmero como una mujer; pero los hombres tienen un determinado conocimiento de cómo hay que proceder ante las dificultades y resulta muy agradable tener a alguien que te tienda la mano. Ahora lady Glenmire, en vez de andar deambulando con la inseguridad de dónde instalarse, tendrá un hogar y estará rodeada de gente amable y cariñosa, como la buena de la señorita Pole y el señor Forrester. Y el señor Hoggins es, a fin de cuentas, un hombre muy agradable; y en cuanto a sus modales, aunque no sean muy refinados, he conocido a gente de buen corazón y claro entendimiento que no respondían a lo que la gente entiende por persona distinguida, pero eran formales y cariñosos.


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