Cranford

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Fue un ejemplo para mí, y me imagino que para muchos otros, ver con qué inmediatez empezaba la señorita Matty a restringir sus gastos para adaptarse a las nuevas circunstancias. Cuando bajó a hablar con Martha para darle la noticia, salí furtivamente con la carta para Aga Jenkyns y me fui a la residencia del signor para obtener las señas exactas. Pedí a la signora que se comprometiera a guardar el secreto y lo cierto es que sus hábitos militares tenían un grado de reserva y brevedad que la impulsaban a decir siempre lo menos posible, excepto cuando se encontraba bajo la influencia de una emoción fuerte. Además (y ello daba doble seguridad a mi secreto), el signor estaba tan restablecido que se disponía a viajar y a ejercer otra vez de ilusionista al cabo de pocos días, cuando él, su mujer y la pequeña Phoebe abandonaran Cranford. A él lo encontré revisando un gran cartel negro y rojo en el que se destacaban las habilidades del signor Brunoni y donde sólo faltaba el nombre de la próxima ciudad que las presenciaría. Él y su mujer estaban tan absortos decidiendo en qué lugar causarían más impacto las letras rojas (probablemente se trataba del título), que pasó un buen rato hasta que pude formular mi pregunta en secreto, pues antes tuve que dar varias veces mi parecer, que con la misma sinceridad me cuestionaba inmediatamente, tan pronto como el signor exponía sus dudas y razones en un asunto tan importante. Finalmente conseguí las señas, deletreadas de viva voz, y lo cierto es que eran muy extrañas. De regreso a casa, deposité la carta en el buzón y me quedé un minuto mirando el panel de madera con la hendidura que me separaba de la carta que un momento antes estaba en mi mano. Se alejó de mí como la vida, sin posibilidad de retorno. Se zarandearía en el mar, tal vez salpicada por las olas, sería transportada entre palmeras y perfumada con todas las fragancias tropicales. Aquel pedazo de papel, que hacía tan sólo una hora era algo tan común y familiar, había emprendido su propia carrera hacia tierras extrañas y salvajes más allá del Ganges. No podía perder el tiempo en tales reflexiones y me apresuré a volver a casa antes de que la señorita Matty advirtiera mi ausencia. Martha me abrió la puerta con el rostro hinchado por el llanto. Tan pronto como me vio, se echó a llorar de nuevo; cogiéndome del brazo me hizo entrar y cerró la puerta de un golpe para preguntarme si era cierto lo que había dicho la señorita Matty.


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