Cranford
Cranford —No la dejaré nunca. ¡Nunca! Puede estar segura. Ya se lo he dicho, y no sé de dónde ha sacado el valor para echarme. Yo, en su lugar, no hubiera tenido arrestos para hacerlo, aunque fuera una calamidad como la Rosy de la señora Fitz-Adam, que se negó a trabajar si no le subÃa los honorarios cuando llevaba siete años y medio en la casa. Le he dicho que no soy de las que sirven a Mammón; que yo sabÃa que tenÃa una buena ama, si ella no sabÃa que tenÃa una buena sirvienta.
—Pero Martha… —la interrumpà mientras se secaba los ojos.
—No me diga «Pero Martha…» —me replicó ante mi tono de reprobación.
—Atiende a razones.
—No atenderé a razones —dijo ahora, recuperada ya la voz que le ahogaba el llanto—. La razón siempre es lo que otro tiene que decir, y me parece que lo que yo tengo que decir es una buena razón. Y en todo caso, pienso decirlo y mantenerlo. Tengo un dinero en la caja de ahorros, poseo ropa suficiente y no pienso dejar a la señorita Matty. No, aunque ella me despida veinticuatro veces al dÃa.
Puso los brazos en jarras para dar a entender que me desafiaba. Ciertamente yo no sabÃa por dónde empezar a sermonearla, pues intuÃa que la señorita Matty, cada vez más achacosa, necesitaba la ayuda de una mujer tan buena y leal.