Cranford

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La enseñanza era, naturalmente, la primera cosa que se le ocurría a uno. Si la señorita Matty podía instruir a los niños en alguna materia, se entregaría a aquellos diablillos que tanto deleitaban su espíritu. Pasé revista a sus habilidades. Una vez le oí decir que sabía tocar Ah! vous dirai-je, maman al piano, pero de eso hacía muchísimo tiempo y aquella leve sombra de talento musical se había desvanecido años antes. También en otros tiempos tenía una gran habilidad para trazar el diseño de los bordados en muselina, a fuerza de poner un papel de estaño sobre el dibujo que deseaba calcar y sujetarlo contra el cristal de la ventana mientras marcaba el festón y los calados. No obstante, aquello era lo único que sabía del arte de la ilustración y no creo que la llevara muy lejos. También estaban las distintas ramas de la sólida educación inglesa (los bordados y el estudio de la esfera terrestre) que presumían de enseñar las maestras de la escuela de señoritas a la que todos los comerciantes de Cranford enviaban a sus hijas. A la señorita Matty empezaba a fallarle la vista y dudo que pudiera saber cuántos hilos había en un dibujo de una labor de estambre, o apreciar correctamente los matices que requería el semblante de la reina Adelaida en los bordados en lana realistas que entonces estaban de moda en Cranford. En cuanto al estudio de las esferas, era esta una materia que yo jamás había podido aprender, así que tal vez no pudiera juzgar la capacidad de la señorita Matty en esta rama de la enseñanza; me sorprendía, eso sí, que para ella los trópicos, el ecuador y los círculos místicos semejantes fueran líneas totalmente imaginarias, y que considerase los signos del zodíaco como vestigios de la magia negra.


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