Cranford
Cranford La señorita Matty tenía ciertas peculiaridades que Martha consideraba poco merecedoras de atención, pues se le antojaban fantasías infantiles de las que una dama de cincuenta y ocho años debía intentar corregirse. Aquel día, sin embargo, cuidaba de todos los detalles con la máxima dedicación. El pan estaba cortado según el modelo imaginario de perfección que existía en la mente de la señorita Matty, porque era como lo prefería su madre; la cortina estaba corrida para ocultar el muro de ladrillo del establo vecino, aunque no del todo, dejando el espacio justo para ver las tiernas hojas del álamo que se entregaba a la belleza primaveral. El tono en que se dirigía Martha a la señorita Matty era el que una buena criada de hablar áspero guardaba para dedicárselo a los niños y que yo nunca había oído destinado a una persona adulta.