Cranford

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Me había olvidado de hablar a la señorita Matty del budín y temí que no le hiciera justicia, pues era evidente que no tenía apetito; de modo que aproveché el momento que Martha se llevaba la carne para contarle el secreto. Los ojos se le llenaron de lágrimas y no pudo hablar, ni para expresar alegría ni sorpresa, cuando Martha regresó llevándolo en alto, la más maravillosa representación de un león couchant[34] que se hubiera moldeado jamás. El rostro de Martha resplandecía de triunfo cuando lo depositó sobre la mesa frente a la señorita Matty con un exultante «¡Aquí tiene!». La señorita Matty quería darle las gracias pero no podía; se limitó a cogerle la mano y estrecharla calurosamente. Martha se echó a llorar y yo a duras penas podía mantener la debida compostura. La criada salió de la estancia como una exhalación y la señorita Matty tuvo que carraspear un par de veces antes de poder hablar. Finalmente dijo: «Me gustaría conservar este budín bajo una campana de cristal». La idea del león couchant, con sus ojos de grosella, ocupando el lugar de honor en la repisa de la chimenea, me hizo gracia y me provocó un ataque de risa histérica que asombró a la señorita Matty.

—Te aseguro, querida, que he visto cosas más feas bajo una campana de cristal —puntualizó.


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