Cranford
Cranford Yo también, y más de una vez. De modo que recobré la debida compostura (ahora apenas podÃa contener las lágrimas) y atacamos el budÃn, que estaba realmente delicioso. Sólo que cada bocado casi se nos atragantaba, tan conmovidas estábamos.
TenÃamos demasiadas cosas en que pensar para poder hablar aquella tarde, que transcurrió apaciblemente. Cuando trajeron la tetera, sin embargo, se me ocurrió una idea. ¿Y si la señorita Matty vendiera té? PodrÃa ser una agente de la CompañÃa de Té de las Indias Orientales, que existÃa entonces. No encontraba ninguna objeción a ese plan, mientras que las ventajas eran muchas (suponiendo que la señorita Matty accediera a rebajarse a tal comercialización). El té no era grasiento ni pegajoso (particularidades que la señorita Matty no soportaba). No se requerÃa ningún escaparate. Es cierto que era obligatorio poner un cartel, pequeño y elegante, que demostrase que poseÃa la licencia, pero tal vez podÃa colgarse donde nadie lo viera. El té no era un artÃculo pesado que castigara las escasas fuerzas de la señorita Matty. La única objeción a mi plan era que requerÃa la operación de compra y venta.