Cranford
Cranford —Aun sin la presencia de la señora Jamieson —dijo la señorita Pole con un tono de mérito ofendido en la voz—, las damas de Cranford, reunidas en el salón de mi casa, podemos tomar una decisión. Supongo que ninguna de nosotras puede considerarse rica, si bien todas poseemos un digno pasar suficiente para unos gustos elegantes y refinados, que en ningún caso podrÃan llegar a ser vulgarmente ostentosos. —Aquà observé que la señorita Pole consultaba una tarjetita que llevaba oculta en la mano, donde supuse que habÃa apuntado algunas notas—. Señorita Smith —prosiguió dirigiéndose a mà (familiarmente conocida como «Mary» en el cÃrculo de señoras allà presentes, pero aquella era una ocasión solemne)—, según creà mi deber, ayer por la tarde hablé en privado con estas damas acerca de la desgracia acaecida a nuestra amiga y todas y cada una de nosotras estamos de acuerdo en que, puesto que andamos económicamente sobradas, no sólo es nuestro deber, sino también una satisfacción, una auténtica satisfacción, Mary —se le quebró la voz y tuvo que limpiarse las gafas antes de proseguir—, donar cuanto esté en nuestra mano para ayudar a la señorita Matilda Jenkyns. Sólo que en consideración a los sentimientos de delicada independencia que existen en el espÃritu de toda mujer distinguida —estoy segura que volvió a mirar la tarjeta—, deseamos contribuir con nuestros óbolos de manera oculta y secreta a fin de no herir los sentimientos a los que me he referido. El propósito de que le hayamos pedido que se reuniera con nosotras esta mañana es que, considerando que es la hija, mejor dicho, que su padre es su asesor de confianza en los asuntos pecuniarios, hemos pensado que, tras consultarle, podrÃa idear algún procedimiento para que nuestra contribución pareciera una deuda legal que la señorita Matilda Jenkyns habÃa de recibir de… quién sabe. Acaso su padre, conociendo sus inversiones, podrÃa determinar de quién.