Cranford
Cranford Volvamos a la señorita Matty. Resultaba muy grato ver que su generosidad y su ingenuo sentido de la justicia despertaban las mismas cualidades en otras personas. Jamás pensaba que alguien podía engañarla, porque a ella la afligiría hacerlo a los demás. Una vez oí cómo ponía fin a las intenciones del hombre que le traía el carbón diciéndole suavemente: «Estoy segura de que sentiría mucho traerme menos peso». Si aquel día la medida era corta, no creo que volviera a repetirse. La gente hubiera tenido tanta vergüenza de aprovecharse de su buena fe como si se tratase de un niño. Decía mi padre: «Tal simplicidad estará muy bien en Cranford, pero es imposible en otra parte del mundo». Y digo yo que el mundo debía de estar muy mal, porque a pesar de que mi padre sospechaba de cuantos trataban con él y de las precauciones que tomaba, el año pasado le estafaron más de mil libras.