Cranford

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¡Cuál sería nuestra sorpresa —nuestra consternación— al saber que el señor y la señora regresaban el martes siguiente! ¡La señora Hoggins! ¡Había renunciado a su título y con su bravata cortaba con la aristocracia para convertirse en una Hoggins! ¡Ella, que podía llevar el título de lady Glenmire hasta el día de su muerte! La señora Jamieson estaba complacida, pues se confirmaba lo que ella supo desde un principio: que aquel personaje tenía muy mal gusto. Sólo que «el personaje» tenía un aspecto radiante aquel domingo en la iglesia y ni siquiera nos pareció necesario mantener el velo de la capota bajado por el lado en que estaban sentados el señor y la señora Hoggins como hizo la señora Jamieson, con lo que se perdió la expresión de sonriente triunfo de la cara de él y los consecutivos rubores de ella. No estoy segura de si Martha y Jem tenían el mismo aspecto radiante aquella tarde, cuando también ellos hicieron su primera aparición. La señora Jamieson calmaba la turbulencia de su corazón bajando las persianas de las ventanas, como si se tratase de un funeral, el día que el señor y la señora Hoggins recibían visitas, y no sin cierta dificultad accedió a seguir siendo suscriptora del St. James’s Chronicle a pesar de que estaba indignada porque en él habían insertado el anuncio de su boda. La venta de las pertenencias de la señorita Matty transcurrió a la perfección. Conservó el mobiliario de la salita y de la alcoba; la sala lo ocuparía hasta que Martha encontrase a un huésped que deseara quedárselo. En estas dos habitaciones tuvo que amontonar toda clase de objetos que había comprado (según le aseguró el subastador) un amigo desconocido. Siempre sospeché que la señora Fitz-Adam estaba detrás de aquello, pero debía de tener un cómplice que sabía cuáles eran los objetos que la señorita Matty estimaba particularmente por estar relacionados con los recuerdos de su infancia. El resto de la casa quedaba ciertamente desnuda a excepción de un pequeño dormitorio, los muebles del cual mi padre me permitió comprar por si necesitaba ocuparlo temporalmente en caso de enfermedad de la señorita Matty. Gasté mis pequeños ahorros en la compra de toda clase de dulces y confites que atrajeran a los más pequeños, a quienes la señorita Matty amaba tanto. El té se depositaba en latas de brillante color verde y los confites en grandes tarros de cristal. La noche antes de abrir la tienda, la señorita Matty y yo nos sentimos muy orgullosas al mirar a nuestro alrededor. Martha había restregado el suelo de madera hasta dejarlo totalmente blanco y lo había adornado con un brillante trozo de hule ante el mostrador donde esperarían los clientes. En toda la sala reinaba el reconfortante olor a yeso y cal. Oculto bajo el dintel de la nueva puerta había un pequeño letrero que rezaba: «Matilda Jenkyns. Licencia para vender té», y las cajas de té, cubiertas de inscripciones cabalísticas, estaban listas para verter su contenido en las latas. La señorita Matty, como debiera haber mencionado antes, tenía ciertos escrúpulos de conciencia por vender tal artículo, pues en la ciudad ya estaba establecido el señor Johnson y el té se encontraba entre sus numerosas mercancías. Antes de decidirse a emprender la aventura, corrió hacia su tienda sin que yo lo supiera para comunicarle su proyecto y preguntarle si aquella podría perjudicarle en su negocio. Mi padre calificó su idea de «grandísimo disparate» y se preguntaba «cómo saldrían adelante los tenderos si se consultasen mutuamente sus intereses; aquello acabaría completamente con toda competencia». Tal vez no fuera posible en Drumble, pero en Cranford funcionaba a la perfección: el señor Johnson no sólo disipó amablemente los escrúpulos de la señorita Matty y su temor a perjudicarle en su negocio, sino que además (lo sé de buena tinta) más de una vez le envió sus clientes con el pretexto de que el té que vendía él era de clase corriente, mientras que la señorita Jenkyns tenía más amplio surtido. El té caro es uno de los lujos preferidos entre las esposas de los comerciantes acomodados y de los ricos granjeros, que desprecian el Congou y el Souchong, predominantes en muchas mesas aristocráticas, y sólo quieren tomar Gunpowder y Pekoe.


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