Cranford

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—¿Se llama usted Mary Smith?

—Sí —respondí.

Se disolvieron todas mis dudas respecto a su identidad y mi única incertidumbre era qué diría o haría él a continuación y cómo encajaría la señorita Matty la feliz emoción de lo que iba a revelarle aquel hombre. Era evidente que este no sabía cómo presentarse, pues miró a su alrededor en busca de algo que comprar, como queriendo ganar tiempo, y como quiera que su mirada se posó en las almendras garrapiñadas, se le ocurrió pedir una libra «de esas cosas». Dudo que la señorita Matty tuviera aquella cantidad en toda la tienda, y, además de la inusitada magnitud del pedido, la angustiaba pensar en la indigestión causada por engullir una cantidad tan exagerada. Levantó la mirada dispuesta a protestar. La suave relajación de la cara del hombre la conmovió vivamente y dijo: «Cielo santo, ¿es posible que sea usted Peter?», temblando de pies a cabeza. En un instante rodeó el mostrador y la cogió entre sus brazos, sollozando el llanto sin lágrimas propio de la vejez. Le traje un vaso de vino porque el cambio de color de su cara me había alarmado, y también al señor Peter, que repetía sin cesar: «He sido demasiado brusco, Matty. ¡Pobrecita mía!».


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