Cranford

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Martha empezaba a corretear otra vez por la casa y yo me había fijado un plazo, no muy distante, para dar por terminada mi visita; una tarde estaba sentada en la entrada de la tienda con la señorita Matty (recuerdo que hacía más frío que tres semanas antes, en mayo; habíamos encendido la lumbre y teníamos la puerta cerrada) y vimos a un caballero que pasaba despacio por delante de la ventana y se detenía frente a la puerta como queriendo encontrar el letrero que habíamos ocultado a propósito. Se puso las gafas y lo buscó durante largos instantes hasta que finalmente lo encontró y entró en la tienda. De súbito se me hizo la luz: ¡era Aga en persona! Tenía que ser él por la hechura de la ropa, propia de un remoto país extranjero, y la piel de tonalidad morena, teñida y reteñida por el sol. Su tez producía un curioso contraste con la cabellera abundante y blanca como la nieve; los ojos, oscuros y penetrantes, se contraían de una manera extraña y formaban en las mejillas innumerables arrugas cuando miraba los objetos con semblante grave. Tal fue su reacción frente a la señorita Matty en el momento de entrar. Su mirada se detuvo brevemente en mi persona pero después se posó en la señorita Matty con aquella extraña expresión escrutadora que ya he descrito. Al principio, ella estaba un poco agitada y nerviosa, aunque no más de lo que solía cuando entraba un hombre en la tienda. Creyó que él le tendería un billete, o por lo menos un soberano, para que le diera cambio, operación que le desagradaba profundamente. El cliente, sin embargo, se quedó de pie frente a ella sin preguntar nada, mirándola fijamente y tamborileando con los dedos sobre el mostrador, exactamente el mismo gesto que solía hacer la señorita Jenkyns. La señorita Matty estaba a punto de preguntarle qué deseaba (según me contó más tarde), cuando el hombre se volvió bruscamente hacia mí.


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