Cranford
Cranford Mientras Martha guardaba cama, llevé una vida muy ajetreada. Cuidaba de la señorita Matty y le preparaba la comida; le llevaba las cuentas, examinaba el contenido de latas y tarros y ocasionalmente también la ayudaba en la tienda; me proporcionaba no poca diversión, y a veces cierta inquietud, observar su comportamiento. Cuando un niño entraba a comprar una onza de almendras garrapiñadas (y cuatro de las grandes de las que vendía la señorita Matty ya las pesaban), siempre añadía una más «para hacer el peso», como decía ella, aunque el platillo de la balanza se decantaba generosamente; al increparla por ello, me respondía: «Pobrecitos, ¡les gustan tanto!». Era inútil decirle que la quinta almendra pesaba un cuarto de onza y que cada venta representaba una pérdida para su bolsillo. Me acordé del té verde y disparé una flecha con una pluma de su propio plumaje: le dije que las almendras garrapiñadas eran perniciosas y que su abuso podía hacer enfermar a los niños. Tal argumento produjo cierto efecto, pues a partir de entonces en vez de ponerles una quinta almendra, les decía que extendieran las manitas y les echaba pastillas de menta o de jengibre, como preventivo de los peligros derivados de la venta anterior. El negocio de las pastillas de goma, según este principio, no prometía ser muy provechoso, pero tuve una alegría al saber que durante el año anterior había ganado más de veinte libras con la venta del té, y además, ahora que se había acostumbrado, no le desagradaba el empleo, pues le proporcionaba un trato cordial con mucha gente de los alrededores. Si era generosa con el peso, ellos a su vez traían pequeños obsequios domésticos a la «hija del antiguo párroco»: un queso cremoso, unos huevos recién puestos, un poco de fruta madura o un ramo de flores. A veces el mostrador estaba repleto de tales obsequios, decía. Cranford, en general, seguía como de costumbre. La enemistad entre las familias Jamieson y Hoggins seguía al rojo vivo, si de enemistad se podía hablar cuando sólo preocupaba a una de las partes. El señor y la señora Hoggins eran felices juntos y, como la mayoría de la gente que es feliz, tendían a mostrarse muy sociables. La señora Hoggins deseaba sinceramente recuperar las buenas relaciones con la señora Jamieson porque no olvidaba su pasada amistad. La señora Jamieson consideraba que la felicidad del matrimonio era un insulto a la familia Glenmire, a la que tenía aún el honor de pertenecer, y rechazaba obstinadamente todo acercamiento. El señor Mulliner, fiel miembro del clan, defendía con ardor el bando de su ama y cuando se topaba con alguno de los esposos Hoggins cruzaba la calle y simulaba estar absorto en la contemplación de la vida en general y su propio camino en particular. La señorita Pole se divertía pensando cómo se las arreglarían si la señora Jamieson, el señor Mulliner o alguna otra persona de la casa cayesen enfermos; difícilmente tendría la desfachatez de llamar al señor Hoggins si se había portado tan mal con él. La señorita Pole deseaba cada día con más impaciencia que una indisposición o un accidente sobreviniese a la señora Jamieson o a sus empleados para que Cranford viera su reacción ante una circunstancia tan desconcertante.