Cranford

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Yo estaba en lo cierto. Supongo que se trata de una virtud hereditaria, pues mi padre se jacta de equivocarse raramente. Una semana después de mi llegada fui a despertar a la señorita Matty por la mañana con un pequeño fardo de franela en los brazos. Cuando le mostré el contenido, se atemorizó; me pidió que le alcanzara las gafas que descansaban encima del tocador y lo miró con curiosidad, con un tierno asombro ante la diminuta perfección de sus miembros. Durante todo el día no pudo desterrar de su pensamiento la sorpresa recibida, pero andaba de puntillas y estaba muy callada. Finalmente subió con sigilo a ver a Martha y ambas lloraron de alegría. La señorita Matty se enzarzó en un discurso de felicitación a Jem del que no sabía cómo salir y la salvó del apuro la llamada de la campanilla de la tienda, que también supuso un alivio para el tímido, satisfecho y honrado Jem, quien me estrechó la mano con tal vigor cuando lo felicité, que aún ahora me parece tener la mano dolorida.







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