Cranford
Cranford A continuación, salí a hurtadillas de la casa e hice mi aparición en la tienda como si fuera una parroquiana, con la intención de cogerla por sorpresa y hacerme una idea del aspecto que tenía en su nueva posición. Era un día caluroso de mayo y sólo estaba cerrada la portezuela. La señorita Matty estaba sentada detrás del mostrador tejiendo un par de ligas sumamente elaboradas; por lo menos así me lo parecía a mí, aunque la complicación del punto no debía de pesarle pues cantaba en voz baja mientras las agujas iban y venían con celeridad. He dicho que cantaba, aunque supongo que un músico no usaría tal palabra para aquel susurro desafinado aunque dulce de su voz grave y cascada. Por la letra, más que por el tono fallido, adiviné que aquello que musitaba para sí era el Old Hundredth[36]; pero la tonada, suave y monótona, hablaba de su contento y me produjo una sensación placentera mientras esperaba de pie en la calle, junto a la puerta, en armonía con la templada mañana de mayo. Entré. Al principio no acertó a ver quién era y se levantó dispuesta a atenderme, pero al momento el gatito, siempre al acecho, se abalanzó sobre la labor que había dejado caer en su sincera alegría al reconocerme. Tras una breve conversación, comprobé que Martha tenía razón y que la señorita Matty desconocía por completo el acontecimiento que se avecinaba en su casa. Consideré más acertado dejar que las cosas siguieran su curso, con la seguridad de que cuando me presentase ante ella con la criatura en brazos, obtendría el perdón para Martha, que se aterraba innecesariamente pensando que la señorita Matty se lo negaría con el argumento de que el recién nacido requeriría unas atenciones de su madre que para la señorita Matty supondrían una traición desleal.