Cranford

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Al verla tan agitada, prometimos acceder a sus deseos. Peter volvió a sentarse y le dio la mano, que para mayor seguridad ella retuvo entre las suyas, y yo abandoné la sala para cumplir mi cometido. Hasta bien avanzada la noche, ya de madrugada, estuvimos hablando la señorita Matty y yo. Tenía mucho que contarme de la vida y aventuras de su hermano que este le había narrado al quedarse solos. Para ella, todo estaba muy claro, pero yo nunca comprendí por completo su historia. Cuando en los días posteriores se disipó el temor respetuoso que me inspiraba el señor Peter y me atreví a preguntárselo, se rio de mi curiosidad y me narró unas historias que parecían tan propias del barón Munchausen, que tuve la seguridad de que se burlaba de mí. Según la versión de la señorita Matty, participó como voluntario en el asedio de Rangún, le hicieron prisionero los birmanos y consiguió el beneficio de su libertad gracias a que supo practicar una sangría al jefe de la pequeña tribu cuando estaba gravemente enfermo. Al ser liberado tras largos años de cautiverio, halló las cartas que le habían devuelto de Inglaterra con la terrible palabra «Defunción» marcada sobre ellas; creyendo que era el último de la estirpe, se instaló como plantador de añil con el propósito de pasar el resto de su vida en el país a cuyos habitantes y modo de vida se había acostumbrado. Cuando recibió mi carta, con la singular vehemencia que le caracterizaba en su vejez tanto como en su juventud vendió las tierras y todas sus posesiones al primer comprador y regresó a casa con su pobre y anciana hermana, que cuando lo contemplaba era más feliz y rica que una princesa. Hablamos hasta que me quedé dormida, aunque más tarde me despertó el ligero ruido de la puerta, por el que se disculpó mientras se deslizaba en la cama; según parece, cuando yo no pude confirmar la creencia de que su hermano, desaparecido tan largo tiempo, estaba allí realmente, comenzó a temer que no hubiera sido más que uno de sus sueños, que Peter no hubiera estado sentado a su lado aquella bendita tarde, sino que yaciera cadáver, muy lejos, bajo una ola salvaje o un extraño árbol de Oriente. Tan profunda fue su inquietud que tuvo que levantarse y comprobar por sí misma que él se encontraba allí al escuchar a través de la puerta su respiración regular y uniforme —no quiero llamarla ronquido, pero yo misma la oí a través de dos puertas cerradas— y al poco rato la señorita Matty, ya tranquila, se quedó dormida.


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