Cranford
Cranford La mención del nombre de este caballero me trae a la memoria una conversación entre el señor Peter y la señorita Matty una tarde del verano siguiente a su regreso a Cranford. El día había sido muy caluroso y la señorita Matty estaba sofocada por la temperatura, mientras que aquel tiempo deleitaba a su hermano. Recuerdo que fue incapaz de dedicarse a la que últimamente era su ocupación favorita, cuidar a la criatura de Martha, que pasaba tanto tiempo en sus brazos como en los de su madre mientras su escaso peso fuera soportable para la fragilidad de la señorita Matty. El día al que me refiero, esta parecía más débil y lánguida que de costumbre y no se reanimó hasta que el sol se puso y le instalaron el sofá junto a la ventana abierta, a través de la cual, aunque daba a la calle principal de Cranford, entraban ráfagas de aroma fragante de los campos de heno vecinos, transportado por la suave brisa que agitaba el pesado aire del crepúsculo estival y luego amainaba. El silencio de la atmósfera sofocante se perdía entre las voces apagadas que procedían de puertas y ventanas abiertas. Incluso los niños permanecían en la calle, a pesar de la avanzada hora (entre las diez y las once), divirtiéndose con sus juegos, actividad para la que habían carecido de fuerzas durante el día. Para la señorita Matty era un motivo de satisfacción ver que se encendían pocas velas, incluso en aquellas casas que aparentaban más señales de vida. El señor Peter, la señorita Matty y yo habíamos permanecido en silencio un buen rato, cada uno sumido en su propio ensueño, cuando el señor Peter lo interrumpió.