Cranford

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Cuando llegué a Cranford, no habían trascendido aún las intenciones de la señora Jamieson. ¿Acudiría o no, la honorable señora? El señor Peter declaró que era su deber y que, por consiguiente, iría; la señorita Pole sacudió la cabeza con desaliento. El señor Peter era, sin embargo, un hombre de recursos. En primer lugar, convenció a la señorita Matty para que escribiera a la señora Gordon para poner en su conocimiento la existencia de la señora Fitz-Adam y a la vez rogarle que incluyera en su amable invitación a una persona tan buena, cordial y generosa. Llegó una respuesta a vuelta de correo en forma de pulcra invitación para la señora Fitz-Adam y una petición a la señorita Matty de que ella misma la entregara personalmente y explicase la anterior omisión. La señora Fitz-Adam se emocionó mucho y no cesaba de dar las gracias a la señorita Matty. El señor Peter había dicho: «Dejadme a la señora Jamieson», y así lo hicimos, sobre todo porque no sabíamos qué hacer para alterar su decisión, si es que había tomado alguna.







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