Cranford
Cranford Así pues, enojada e irritada, y exagerando cualquier incidente menor que pudiera aumentar mi enfado, seguí hasta que nos congregamos todos en el gran salón del George. El comandante y la señora Gordon, así como la hermosa Flora y el señor Ludovic, tenían el aspecto más magnífico, radiante y cordial que pudiera existir, pero yo apenas me fijaba en ellos pues no apartaba la mirada del señor Peter, y me fijé que la señorita Pole estaba igualmente ocupada. Jamás había visto a la señora Jamieson tan viva y animada y su rostro expresaba el mayor interés en lo que decía el señor Peter. Me acerqué para escuchar y cuál no sería mi alivio al oír que las suyas no eran palabras de amor, sino que, a juzgar por su semblante grave, estaba enfrascado en sus viejos trucos. Le hablaba de sus viajes por la India y describía la imponente altitud de las montañas del Himalaya: con cada descripción aumentaba su tamaño, y cada una excedía en absurdidad a la anterior, pero la señora Jamieson se divertía de verdad, llena de buena fe. Supongo que necesitaba estímulos fuertes que la ayudasen a salir de la apatía. El señor Peter puso la guinda a su relato diciendo que, como era natural, a semejante altitud no había ninguno de los animales que existían en los parajes más bajos; la caza era totalmente diferente. Una vez que había disparado contra un animal volador, al caer este comprobó con espanto que había abierto fuego contra un querubín. En aquel momento, el señor Peter captó mi mirada y me hizo un guiño tan divertido que estuve segura de que no abrigaba ningún deseo de casarse con la señora Jamieson. Ella estaba paralizada de terror.