Cranford
Cranford —¡Qué amabilidad tan extraordinaria la de las gentes de Cranford! No creo que nadie prepare la comida mejor de lo que es habitual, pero la mejor parte nos la traen en un cuenco para mi hermana y la gente necesitada deja ante nuestra puerta las verduras más tiernas para ella; hablan poco y su tono es brusco, como si se avergonzasen de ello, pero puede estar segura de que sus atenciones me conmueven profundamente.
Le asomaron de nuevo las lágrimas a los ojos y esta vez se desbordaron, pero tras un par de minutos empezó a reñirse a sà misma y finalmente se marchó animosa, la misma señorita Jessie de siempre.
—Pero ¿por qué ese lord Mauleverer no hace algo por el hombre que le salvó la vida? —inquirà yo.
—Verá, a no ser que tenga alguna razón para ello, el capitán Brown jamás menciona su pobreza. Y se ha dedicado a pasear en compañÃa de su señorÃa con el aspecto alegre y feliz de un prÃncipe. Además, nunca llamaron la atención excusándose por no poder invitarlo a cenar, y puesto que la señorita Brown se encontraba mejor aquel dÃa y todos estaban radiantes, me atreverÃa a decir que su señorÃa no adivinó cuánta preocupación se escondÃa en aquella casa. Durante el invierno les mandó piezas de caza en varias ocasiones, pero ahora se ha ido al extranjero.